¿Dónde está el valor cuando la inteligencia abunda?

Fuat Alican

La inteligencia artificial está abaratando capacidades que hasta hace poco requerían equipos de especialistas. Esto obliga a repensar dónde se crea valor y quién puede conservarlo. Una empresa puede crecer rápidamente gracias a un modelo y perder su razón de ser cuando ese mismo modelo incorpora lo que ofrecía. Para quienes invertimos en empresas jóvenes, distinguir entre una oportunidad pasajera y una ventaja duradera se vuelve fundamental.

Al analizar las oportunidades de inversión en inteligencia artificial, una idea adquiere especial importancia: cuando la inteligencia se vuelve más abundante, la escasez se desplaza. El acceso a los clientes, la confianza, los datos generados en operaciones reales y el conocimiento de cómo funciona una organización siguen siendo difíciles de reproducir. Un modelo más potente no obtiene automáticamente esos activos.

El cambio también afecta a la naturaleza del software. Durante décadas, este permitió registrar información y organizar el trabajo. Ahora puede ejecutar partes de ese trabajo, supervisarlas y mejorarlas. Pensemos en la tramitación de un siniestro o en la resolución de un problema de abastecimiento. Ambas actividades exigen conectar documentos, sistemas y personas, interpretar excepciones y asumir responsabilidades. Allí aparecen oportunidades para transformar servicios costosos y fragmentados en empresas concebidas desde su origen alrededor de la IA.

Me interesan especialmente los sistemas que mejoran porque han resuelto miles de casos. Su ventaja se construye al aprender qué decisiones funcionaron, por qué intervino una persona y cómo se resolvió una excepción. Acumular datos, por sí solo, no basta. Hay que convertir esa experiencia en mejores resultados para el cliente: menos pérdidas, menores costos o mayor capacidad de producción. La empresa debe seguir aportando valor cuando los modelos disponibles para todos den su próximo salto.

Esto explica mi interés por los seguros, la banca, la administración sanitaria y las operaciones industriales. En estos ámbitos, la fiabilidad y el control forman parte del producto. Importa saber qué puede hacer un sistema, quién autoriza sus decisiones y cómo reconstruir lo ocurrido si algo falla. También importa poder cambiar de modelo sin interrumpir la operación. La infraestructura que permite utilizar la IA con seguridad ofrece oportunidades propias.

La misma lógica se extiende a la robótica y la investigación científica. Predecir un material prometedor es apenas una parte del camino: hay que producirlo, probarlo y demostrar su utilidad. En una fábrica, la inteligencia necesita convivir con máquinas, condiciones físicas y exigencias de seguridad. Por eso también veo oportunidades en proyectos de investigadores y fundadores técnicos excepcionales. Cada oportunidad requiere capacidades distintas; el conocimiento del sector y la capacidad comercial pesan especialmente cuando se trata de transformar el trabajo de una organización.

El ritmo de esta transición seguirá siendo incierto. La energía, la regulación y la capacidad de adoptar nuevas tecnologías pueden acelerarla o frenarla de maneras distintas en cada sector. La respuesta exige una tesis que evolucione con la evidencia, combinando investigación, datos y criterio de inversión. Podemos invertir hoy en oportunidades con horizontes diferentes, siempre que distingamos sus riesgos y necesidades de capital.

Creo que el capital de riesgo conserva un papel relevante en esta transición: ayudar a construir las empresas que conectarán la inteligencia disponible con necesidades concretas. La oportunidad está en crear sistemas que aprendan de su uso y se vuelvan útiles y confiables con el tiempo. Su contribución podrá medirse tanto en resultados económicos como en servicios más accesibles y organizaciones que funcionen mejor.

Nota: Sería ético citar la fuente si se va a usar una parte o la totalidad de este artículo.

Leave a comment