Fuat Alican
La expansión de la inteligencia artificial depende de una industria muy material: los semiconductores. Sus modelos necesitan procesadores y memoria, y su despliegue a gran escala exige centros de datos y electricidad. Comprender quién los suministra, quién los compra y quién financia esas compras ayuda a entender hacia dónde puede avanzar el sector.
La cadena comienza antes del chip. ASML vende equipos de litografía a los fabricantes. TSMC fabrica chips diseñados por empresas como NVIDIA y AMD, mientras que SK Hynix, Samsung y Micron suministran memoria. Otros proveedores integran estos componentes en servidores. Diseñar un procesador, fabricarlo y convertirlo en un sistema de cómputo son actividades distintas, con dependencias difíciles de sustituir rápidamente.
Los grandes operadores de nube compran estos sistemas y alquilan capacidad de cómputo. Empresas como OpenAI y Anthropic la utilizan para entrenar modelos fundacionales, adaptables a múltiples tareas, y para ejecutarlos cuando reciben consultas: la llamada inferencia. Las aplicaciones pagan por acceder a esos modelos y venden servicios a empresas y consumidores. Algunas compañías ocupan varios lugares de la cadena: Amazon y Google también desarrollan chips propios.
Las relaciones comerciales se entrelazan con las financieras. Amazon invierte en Anthropic, que contrata infraestructura de AWS. El acuerdo entre AMD y OpenAI vincula el despliegue de procesadores con derechos de OpenAI a adquirir acciones de AMD, sujetos a hitos. Así, clientes, proveedores e inversores pueden coincidir. Parte del capital captado financia compras dentro del mismo ecosistema, impulsando ingresos y nuevas inversiones. Estos acuerdos pueden asegurar capacidad y compartir riesgos, aunque también aumentan la interdependencia.
Este círculo plantea una pregunta sobre la posibilidad de una burbuja: cuánto crecimiento sostienen los clientes finales y cuánto depende de financiación que anticipa ingresos futuros. La circularidad, por sí sola, no demuestra irregularidades. Mi preocupación sería que la capacidad comprometida creciera más deprisa que los usos económicamente viables. Una tecnología puede transformar la economía y, aun así, generar inversiones que nunca recuperen su coste.
La escasez también requiere matices. Puede concentrarse en determinados chips, en la memoria avanzada, en el ensamblaje especializado o en las conexiones eléctricas. Tener procesadores disponibles no garantiza disponer de un centro de datos listo para utilizarlos. Al mismo tiempo, mejores diseños y modelos más eficientes pueden reducir el coste por tarea. Ese abaratamiento puede estimular nuevos usos y volver a presionar la infraestructura.
Para las empresas de aplicaciones, estas dependencias pueden traducirse en límites de capacidad, cambios de precios y presión sobre los márgenes. Combinar proveedores y elegir modelos adecuados a cada tarea puede reducir la exposición. Para las empresas usuarias, conviene evaluar el coste completo, la continuidad del servicio y la posibilidad de cambiar de proveedor, además de la calidad de las respuestas.
El futuro dependerá tanto de ampliar la oferta como de aprovecharla mejor. La sostenibilidad del crecimiento exige aplicaciones que produzcan ahorros o ingresos suficientes para justificar el gasto de sus clientes. Esa demanda será la que permita sostener, con el tiempo, las inversiones realizadas a lo largo de toda la cadena.
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